domingo, 16 de octubre de 2011

Leyendas andalgalenses que enriquecen la cultura...

La Viuda Negra: Un enigma para los jinetes nocturnos:

Los abuelos del Noroeste argentino cuentan que desde hace siglos aparece “La Viuda”, una mujer solitaria y nocturna que asusta únicamente a los hombres.
Nadie sabe con exactitud su origen. Algunos dicen que ella murió de tristeza, que su marido fue un gran jinete y que en una noche de regreso al hogar, recibió un flechazo que le atravesó el corazón, hiriéndolo de muerte.
En las noches de luna llena cuando el viento se hace presente con una suave brisa y mientras el cielo se viste de miles de estrellas que titilan como al son de una canción serena, es muy común ver entre los árboles más viejos, una oscura y difusa figura femenina, empeñada en la pesquisa de cualquier jinete varón.
Tal vez esta misteriosa dama recuerda a su esposo en cada hombre a quien acompaña.
Lucios, un joven audaz y aventurero, emprendió un arduo viaje, cabalgando en su fiel compañero. Después de varias horas de recorrido, la noche se hizo presente, de repente el cielo se cubrió con nubes rojizas que solo dejaban entrever una luz traslúcida de la luna, el animal comenzó a inquietarse, luego se detuvo, el joven insistió en continuar, pero la bestia no respondió a sus órdenes.
Lucios desconcertado observó cuidadosamente el lugar. El viento se había detenido, la naturaleza pareció petrificarse, luego advirtió que algo extraño posó detrás de sus espaldas y le respiraba un aire frío en la nuca. Entonces tomó conciencia de que se trataba de una criatura ajena a este mundo. Intentó girar su cabeza, pero no pudo. El miedo lo paralizó y se apoderó de todo su ser.
Al instante, recordó las advertencias de su hermano mayor antes de partir:
_ Lucios, hermano mío, te voy a contar algo que no debes temer ni mucho menos olvidar.
_ Cuenta hermano, te escucho.
_ Comentan que por donde tu pasarás, aparece una mujer, un alma en pena, que espera todas las noches a cualquier jinete solitario, para pasear en su caballo. Si llegara a sucederte esto, no debes resistirte. Tienes que llevarla en tu animal, continuar el viaje hasta que ella decida viajar. ¡Ojo!, no intentes nada contra ella, ni siquiera mirarla. Hubo jinetes corajudos que osaron liberarse de esta extraña compañía, sacaron su cuchillo para incrustárselo, pero la hoja al chocar con sus huesos duros se rompió en pedazos. Todos ellos, a los tres días murieron repentinamente….
El paisaje cobró vida otra vez. El caballo retomó su caminata cargando a su amo y a la nueva y misteriosa compañera. Mientras tanto, Lucios vuelve a sentir un suspiro helado, pero ahora en su oreja derecha. Luego, unos brazos flacos y débiles acarician sus hombros. El joven lucha por contener su pánico y sus ansias de librarse de ella.
_ Es una hermosa noche para pasear por este bosque tan bello – dijo la dama.
El caballero sacó ánimos de sus entrañas y titubeando le respondió amablemente:
_ ¡Si!... Es una bonita noche para cabalgar.
_ ¡Habla jinete!, no me temas yo solo quiero pasear contigo en tu caballo.
Lucios jamás escuchó una voz igual, sin embargo comprendió que esos sonidos ovillaban una pena desgarrante. Ésto lo tranquilizó y se apiadó de ella.
_ La llevaré hasta donde usted desee, señora.
Al cabo de unos minutos, la naturaleza volvió a estancarse, el tiempo se detuvo y así también lo hizo el caballo. Lucios recobra nuevamente el temor y la incertidumbre.
_ Bueno Lucios, (esta vez lo llamó por su nombre), aquí me bajo, agradezco tu cortesía. Cuando regreses a tu hogar, encontrarás en tu habitación, riquezas inigualables.
Lucios sin comprender, se libró del miedo, sintió una inmensa quietud espiritual y despidió gentilmente a la oscura mujer, que se desdibujaba al descender por un pantano.
Nuevamente todo cobró vida. El jinete continuó su camino, mientras recordaba esta singular experiencia. Sintió compasión por esta extraña mujer que, al fin de cuentas, resultó inofensiva.
_ Ojalá logre encontrar lo que busca – se dijo así mismo Lucios. Luego dio gracias a Dios por recordar los concejos de su hermano.
Al regresar a su casa, entró en su humilde cuarto. ¡Oh!, qué sorpresa, su cama rebalsaba en monedas de oro.
Escrito por una joven andalgalense…

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