domingo, 16 de octubre de 2011

Leyendas que dan muchas sensaciones a nuestra imaginación...

Leyenda de la Rosa del Inca:


En el tiempo de las Ajllas, las castas sacerdotisas del Inca, jóvenes reclutadas como tributo que los sometidos pagaban al Inca y donaciones o entregas que hacían sus padres. Eran ser seleccionadas por el Apo-Panaca, un hombre sabio, que escogía a niñas entre 8 y 10 años, cuya belleza debía emanar un hálito de misterio. En una ocasión, se presentó una niña que no tuvo que ser reclutada ni obligada a dejar su casa; su corazón lleno de pureza y amor, la llevó a aceptar su destino; su mirada no era igual al de las otras niñas, sobresalía entre las demás; sus ojos grises oscuros cautivaban a todos, parecía que a través de ello, la pequeña veía más allá de lo visible, lo “invisible”. Ella y sus compañeras fueron llevadas al acllahuasi, la Casa de las Escogidas, donde permanecerían enclaustradas hasta su adolescencia, recibiendo educación de las mamaconas.
Las vírgenes del Sol, estaban dedicadas al servicio del culto solar, elaboración de ropa, ser entregadas como esposas a los nobles, alegrar la vida de los hijos del Sol a través del canto, el baile y la música. Ellas residían en el armonioso y misterioso Lago Titicaca, un lago transparente y de aguas saladas, que al reflejarse el Sol, éstas tornaban azules, y después se evaporaban, en forma de pequeños destellos plateados, que a medida  que asc4endian generaban una radiante luz, que iluminaba a la Isla Koati, donde la luna había nacido, entre relieves escarpados; y a la Isla del Sol, en la cual la sencillez de las terrazas de cultivo daban una visión maravillosa, apacible, amistosa de aquel lugar, dominado por los eternos nevados, de una espléndida cordillera. De este lago, surgieron los legendarios Manco Capac y Mama Ocllo para fundar el Tahuantinsuyo, único recinto donde el Sol y la Luna, un día al año se encontraban para fecundar las mieses, irradiar la luz y hacer manas las aguas; las altísimas puertas se abrían paso para dar salida a la elegida por el Inca y así prologar la pureza de la raza…
Huiracocha, un sencillo hombre que tomó este nombre, el de Viracocha Inca, cuando en una extraña noche, tuvo un sueño divino con el dios Viracocha; dejó inaugurado allí el reino de la diosa Pachamama, de la madre tierra, quien fue una bella mujer indígena, medio retacona, acompañada siempre por un perro negro, una víbora y un quirquincho; que por su amor a la tierra, a la vida, a la naturaleza, Inti decidió hacerla su esposa, convirtiéndola en un dios femenino, cuyo poder sería el de producir, engendrar... El dios Sol, construyó para ella, una morada digna de una diosa, en la cima de un cerro, donde un toro de astas doradas custodia el lugar, emitiendo bramidos como nubes de tormenta…
Un lejano día de esos, un invencible guerrero domador de los Andes Tupac-Canqui, enviado como emisario de un pueblo vecino, llevando consigo numerosas ofrendas para el Inca. Después de haber descansado lo suficiente, lo llevaron a recorrer el lago; mientras observaba todo a su alrededor, la paz, la tranquilidad, una tibia luz emergió del cielo gris, dirigiéndose al acllahuasi, el joven guerrero quedó impactado por lo sucedido, levantó su mirada, buscando el lugar donde terminaba aquella luz… Allí, en el lugar menos pensado, encontró a la bella Ñusta Ajlla, de repente una suave brisa comenzó a jugar con sus cabellos… de pronto sus ojos lo miraron y los de él, le correspondieron, ambos quedaron hipnotizados por aquella mirada que marcó para siempre sus vidas. Tupac-Canqui sonrió al mismo tiempo que ella, pero pronto ella recordó por qué estaba allí y qué debía hacer, agachó s cabeza y volvió a sus tareas habituales. El guerrero quedó desilusionado por aquella actitud, pero en su mente y en su corazón, una luz había comenzado a iluminar todo su ser…
La noche se le hizo eterna, fue entonces cuando tomó una decisión que cambiaría su futuro… levantándose de su cama en silencio, procurando ser invisible en la clara noche, buscó el camino más corto y menos complicado, pero no lo halló; al llegar, sin duda alguna, con sus pensamientos firmes y decidido osó cruzar la superficie de plata del lago sagrado y escaló los altos farallones que guardaban el recinto. El amor y el deseo cegaron la conciencia de Tupac-Canqui y el atrevimiento lo llevó a profanar el lugar, allí volvió a ver aquellos ojos iluminados por la luna; la virgen del Sol, tomó involuntariamente su mano y junto salieron, sin miedo a morir…
Pero las leyes del Inca, se erigían amenazantes en todo el Tahuantinsuyo. Huyeron por el rumbo de la Cruz del Sur, que con sus cuatro estrellas brillantes, supieron guiarlos en la noche que comenzaba a tornarse oscura. Cruzaron las aguas cristalinas, las islas que lo rodeaban formaban para ellos, murallas que impedían su salida, pero el deseo de salvar la nueva raza que pronto surgiría fue más magnánima, haciéndolos cruzar, salir a pesar de las dificultades y así salvar la mies de las nueve lunas; mientras en el Tihuanaco la ciudad santuario y de los hijos del Sol, rodeada por un aura mágica y mítica, se llenaba de voces de estupefacción y de ira, tropeles armados fueron a castigar la afrenta para la casta del Inca…
Cuentan el Monarca, nunca pudo alcanzarlos y que desde entonces se mantuvo la orden de persecución en toda la región de su extenso imperio. La pareja logró llegar hasta las proximidades de los salares del Pipanaco y que de ese amor nacieron muchos hijos, sufrientes parcos y laboriosos, antecesores de los Ayunaras y fundadores de los pueblos diaguitas.
Las leyes del Inca no los alcanzaron, pero sí el maleficio de los hechiceros a su servicio. Al morir Ñusta Ajlla fue enterrada en la cima de la montaña, para que cuando miren hacia allí, recuerden el amor, el sacrificio y la fidelidad eternos. El guerrero Tupac Canqui, ya viejo por el paso de los años, por la tristeza y por el dolor del amor ausente, se acostó una noche a dormir el sueño milenario y eterno de la piedra para vivir por siempre su dulce y tierno sueño de amor…
Dicen que el chasqui andalgalense, un emisario que servía de correo y mensajero, fue el primero que arriando una majada de vicuñas, guiado por la curiosidad y un sentimiento que nacía de su interior, difícil de explicar, volvió a la cima de aquella montaña donde se encontraba Ñusta Ajlla enterrada; al llegar, el dios Sol emitió un rayo de luz, lo que llenó más de intriga al hombre, se acercó más y descubrió que entre los pesados peñascos que habían tapado aquel cuerpo, florecían en la piedra, pétalos de sangre apiñados como rosas. Tomó una de esas piedras, dejó la manada y partió presuroso con la ofrenda de paz para el Inca.
Tras largos días y noches de andar con rumbo poco seguro, el chasqui alcanzó el último tramo del camino que conducía a la morada del Rey Inca.
El hijo del Sol acogió la piedra sanguínea, que le entregó el chasqui como quien recibe de vuelta al hogar a quienes las generaciones no sólo han perdonado, sino que quieren reivindicar haciéndoles mártir del amor.
Desde entonces, trozos de esa piedra, bautizada como “ROSA del INCA”, porque la joven pertenecía solo al Inca, aunque huyera, después retorna como rosa petrificada, colgaron del cuello de las princesas del Tihuanaco, en señal de perdón, reconciliación, fidelidad, sacrificio y adhesión al amor.

Escrito por una joven andalgalense…