sábado, 26 de noviembre de 2011

Relatos fantasticos...

El hálito de un espíritu silbador
Don José Portales, vivía a veras del río, en cercanías de “Piscoyuyo”, quebrada arriba de “El Potrero”. Por costumbre, los puesteros se visitan entre ellos, generalmente los sábados y domingos, para pasar un rato ameno, matear o en averiguaciones de algún animal extraviado.
Don José, reseñaba: Desde el amanecer se sienten silbidos como pregonando añoranzas, toda vez que se oye, resuena como evocación atribulada y melancólica, prosigue: El monte guarda un fragor inenarrable de misterios, como si fuera un ave desconocida que va surcando los follajes inmensurables.
Una mañanita me fui a la montaña, llevé el machete para abrir una picada, en mí alrededor revoloteaban unas cuantas mariposas azules, de los hachazos, salpicaban flores blancas y amarillas, los silbidos se reiteraban constantemente, y sus ecos se emergían en las inmensidades.
En la falda del cerro había una casita, moraba un matrimonio que se amaban muchísimo; la señora alta, rubia, de ojos verdosos y bella, poseían varios hijos, todos hermosos como soles y lunas. Los mozalbetes emigraron a las grandes urbes para estudiar y trabajar.
Los esposos permanecían como desamparados, ella en un momento dado contrajo una enfermedad incurable, la consumió y falleció.
El hombre quedó solito, comentan que murió de pena, y que su alma se convirtió en un halito de soplo, el aire chifla en los valles y cañadas profundas, su bienaventurado prodigio.
Los aledaños aseguran que este hogar, fue bendecido por el portentoso amor de Dios.

La luz del campo

Doña Juana Rasgido precisa: Acordamos con mi esposo Cornelio y un amigo, Agapito Carpanchay, viajar a Santa María, para transportar cueros, quesos, quesillos y lanas de ovejas para comercializar, transcurrían las seis de la tarde, el sol trasponía los farallones, las luces del complejo minero se prendían, cargamos los fletes y acometimos la travesía. Íbamos andando por la ruta 40, como a las dos de la madrugada, antes de llegar a “Punta de Balastro”, nos venía acechando una luz medio amarilla, en las proximidades del cerro, se elevaba y descendía, se apagaba y se encendía, y se corría por la cima de los peñascos, nosotros proseguíamos el itinerario, empezábamos a sentir cansancio, charlábamos para que no nos diera sueño, sin darnos cuenta, surge en frente una lumbre por el camino que se allegaba, esta vez, creímos que podía ser un vehículo, nos hacemos a un costado para esperar a que pasara, al cruzar nuestra intersección, cuán asombrados quedamos, vemos circular un auto color verde sin chofer, a mediana velocidad. Lo raro del asunto, fue su absurdo despropósito que al bajar a un arroyuelo, no se remontó a lo parejo de la ruta. ¡Fue como si lo hubiera tragado la tierra! ¡Quedamos desconcertados, sin saber qué pensar, pero fue realidad!
Las luces naturales existen, se cruzan de un extremo al otro del desértico, la ciencia lo clasifica de: Fosforescentes o reflectarías, reverbera de reflejos de huesos fósiles, y o, de objetos metalizados. ¡Para el común denominador! ¡Luces del campo!

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