viernes, 4 de noviembre de 2011

Relatos que se vuelven realidad...

El Féretro Volátil:


Doña María Carrazana, vecina de Malli 1º, cuenta: Volvía del centro, de hacer unas diligencias regresando a casa, venia por la calle de la escuela, cruzaba la propiedad de Chacho Garzuzzi, y habrían sido las nueve de la noche, cuando de repente asoma de esa posición, un ataúd mediano sosteniéndose en el aire, como a unos setenta centímetros de altura.
Recorre todo ese trecho, gana la plazoleta, y la traspasa en forma diagonal para perderse al fondo de una enramada espesa.
En otra noche retornaba como a la misma hora, pasé la vivienda del negro Cecenarro, me aproximaba al predio de don Fischer Chagaray, cuando imprevistamente la caja tétrica, prorrumpe de nuevo surcando la tierra, largándose por la calle cuesta bajo, se mete en los viñedos de Ontiveros hasta desaparecer.
Otra vez, en una tarde cerrada venia de compras, los crepúsculos se bambaleaban, al franquear el domicilio de don Chacho Rojano, sentí al acecho de unos pasos que me seguían, me daba vuelta pero no advertí nada, lo curioso que al pasar por enfrente de la residencia de los Contreras, se silenciaron, reanudándose, a unos trescientos metros antes de mi vivienda, yo seguía en la incertidumbre, sin saber qué era y qué ha sido, no se veía ni se podía detectar nada, solamente se sentían las pisadas. ¡Entré a la casa!


El Petiso:

Trabajaba en la fábrica de los Haddad, nos daban puerta a las trece, y en el mismo momento entraba otro turno.
En una de las tardes, muy caldeadas, me eché andar, por varios potreros haciendo cortadas, había sobrepasado a la casona y la finca de Tonkinson y en intersección de los rastrojos de los Rojano, intentaba cruzar una alambrada de púas, repentinamente veo un hombre peticito, de sombrero bien agudo y setoso, separaba una distancia como de cincuenta metros, parecía contenido en los hilos del cercado. El chanchullero, como si tal cosa, me hacía señas con las manos, llamándome.
Rápidamente me liberé de esa encrucijada, agarré la calle y a trancos largos me encaminé a mi posada.


La Mula Ánima:

1928, don Carmen Valdez, manifiesta: Vivía con mi familia en nuestra residencia (Las Estancias). Nos hallábamos en la cocina conversando de variados temas, para esto, eran como las 10 de la mañana en ese entonces, todavía era semi despoblado, una casita se mostraba como a unos 300 metros, de una con las otras.
Los perros toreaban insistentemente hacia la ruta que va a la Provincia de Tucumán, salgo a mirar que ocurría, a la distancia siento que se rameaba algo, y ese chirrear se acentuaba más, al acercarse sobre nuestra morada, al pasar comprobé que era un mular que llevaba una cadena arrastrando, chisporroteando destellos por el choque con las piedras, además observé nítidamente en cada resuello que efectuaba, vertía bocanadas de fuego, era una cosa impresionante de ver, los caninos aullaban y llorisqueaban temerosos, se metieron dentro de los cuartos guareciéndose bajo de las camas, a nosotros también nos invadió el pánico.
Del mismo modo, vecinos adyacentes, vieron y comprobaron la existencia de esta satánica bestia.
Desde tiempos antiquísimos, ya se argumentaba de estas simulaciones endemoniadas.

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