viernes, 24 de febrero de 2012

Leyendas argentinas...

EL ALGARROBO (Leyenda quechua)

Hace mucho tiempo, cuando los incas dominaban un vasto imperio, los quechuas constituían un pueblo feliz y rico. Sus campos daban abundantes cosechas y los arboles proveían de frutos y medicinas que les permitían estar siempre vigorosos y sanos.
Sin embargo, la excesiva riqueza hizo que los hombres olvidaran sus deberes cotidianos:
Pronto dejaron de levantar los sagrados apachetas (altares) para recordar las leyes de sus dioses, permitieron que los instrumentos de labranza se enmohecieran, y se olvidaron de sus campos y sembradíos.
Con los graneros repletos de frutos y granos, y abundante cantidad de chicha (bebida fermentada de contenido alcohólico), se dedicaron al placer de fiestas y diversiones.
Tuca, la hija del gran cacique, veía con pesar la trasformación de su tribu: “Padre, haz que esos hombres te escuchen, hace tiempo que no roturan la tierra, ni siembran semillas ni luchan por nada. Los dioses se volverán contra nosotros”.
Pero el padre, viejo y enfermo, ya no tenía ascendiente sobre sus súbditos.
Tuca, desesperada, rezaba en un altar domestico para que la desgracia no cayera sobre ellos;
pero el dios Inti, enojado por la ingratitud de los hombres y por su pereza, arrojó sobre ellos sus poderosos rayos y quemó la tierra, deshojó los arboles y convirtió las reservas en granos de masas de polvo.
Por doquiera reinó la desolación, y la falta de agua y alimento amenazaba con destruir a los pueblos que habían olvidado sus deberes.
Tuca corrió hasta el centro de un altar olvidado y depositó los pocos alimentos que le quedaban, encendió un fuego para quemar en él hierbas olorosas y rezó ardientemente a la Pachamama: “Oh, Pachamama, madre nuestra, no permitas que mi gente muera.
Kusilla, Pachamama, Kusilla”. Y vencida por el llanto se quedó dormida. Tuvo un sueño en el cual la gran diosa se le aparecía y le decía: “Levántate Tuca, y recoge los frutos del árbol que te cobija.
A partir de ahora será la salvación de los tuyos, y ellos lo llamaran con tu nombre”.
Tuca se despertó y miró hacia arriba: Un árbol gigantesco le había prestado su sombra y de sus frondosas ramas pendían unas vainas marrones suyo aspecto nunca haría sospechar que sirvieran de alimento.
Sin embargo, impresionada por la visión, Tuca se llenó la chuspa que colgaba de su cintura (bolsita) con las vainas amarillentas y corrió a llevárselas a su gente.
En efecto: El árbol – que luego veneraron como sagrado – los salvó de la destrucción y el hambre.
Así se conocieron las virtudes del algarrobo, que aun en tiempos de escasez y sequia es utilizado como alimento para hombres y animales.

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