martes, 28 de febrero de 2012

Leyendas argentinas...

EL VIENTO ZONDA (Leyenda calchaquí)

Tokonar era un cacique valiente y temido que gobernaba varias tribus calchaquíes. Su certera puntería lo convertía en el terror de las especies animales:
Mataba sin piedad y por el mero placer de resultar vencedor, dejando a su paso inútiles muertes.
En vano lo amonestaba su consejero Choki: “Ayer mataste dos cachorros de puma que casi no son utilizables.
Y hoy volviste con un venado tan pequeño, que aun no había aprendido a sostenerse sobre sus patas.
¿Qué sentido tiene destruir vidas tan jóvenes? Si todos hicieran como tú, pronto nos quedaríamos sin especies y nos resultaría cada vez más difícil obtener alimento o abrigo”.
Por toda respuesta, Tokonar tomó su arco y sus flechas y se dirigió a los bañados donde abundaban los pumas.
Las palabras de Choki no le hacían mella. “Tengo que encontrar al puma del otro día -se decía-.
Poseía una piel bellísima y deseo obtenerla como trofeo.
¡Soy el mejor cazador de mi tribu!”. Y así pensando, se sentó sobre un peñasco medio oculto por unos arbustos.
Acechó durante un largo tiempo, de pronto, oyó un ruido sordo y leve a sus espaldas.
Tensando el arco, se dirigió rápidamente hacia el lugar donde las hojas se movían. “No es el puma –pensó-.
Debe ser algún guanaco o una huilla (liebre)”.
Estuvo a punto de dejar caer las flechas, pero su necesidad de demostrar una vez más su puntería lo venció. “¡Sea lo que fuere caerá traspasado!”, gritó,
y arrojó una flecha guiado por su instinto de cazador.
Corrió hacia el sitio donde se oyó un ruido sordo y un lejano lamento, y apartando rápidamente las hojas vio un guanaco hembra que agonizaba.
A su lado había tres o cuatro tequecitos (guanacos pequeños) que sin duda morirían por falta de cuidados. Por primera vez en su vida, Tokonar sintió miedo y arrepentimiento.
Aun le parecía oír a Choki, y temió la ira de los dioses.
Procuró extraer la flecha, pero ya nada podía hacerse por el animal. Desolado, miró con temor hacia el cielo.
Un aliento cálido, casi quemante, lo envolvió y sintió un quejumbroso silbido: Entre rayos lacerantes de fuego se le apareció la figura majestuosa y amenazadora de la Pachamama,
“Tu, Tokonar –amenazó con voz sonora-, has despreciado las leyes de la naturaleza y has matado por placer y no por necesidad.
A partir de ahora sabrás lo que es ver agonizar los frutos del trabajo y la laboriosidad, y tu tribu sufrirá las consecuencias de tu crueldad”.
La figura desapareció, y Tokonar echó a correr hacia el campamento, pero el silbido se hizo tan agudo, que ensordeció sus oídos y el viento lo envolvió en una ráfaga huracanada y violenta que lo hizo caer.
Perdió el sentido y cuando volvió en sí, supo que los frutos y sembradíos estaban quemados por el fuego del viento, y que ese año su tribu no tendría la cosecha que necesitaba para subsistir.
Así nació el viento zonda: Cuando su largo silbido se hace oír por los valles calchaquíes, y su aliento caliente se esparce por las regiones marchitando cuanto encuentra a su paso,
los habitantes recuerdan, una vez más, la necesidad de respetar la vida de las especies animales que la generosa Pachamama les otorga para su alimento.

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