viernes, 24 de febrero de 2012

Leyendas con tinta romantica...

El Azahar

Una brisa primaveral soplaba a orillas del mar, pero los naranjales rociados por polvillo del sol naciente no daban perfume. Debido a la estación excesivamente cruda faltaban en sus ramitas las cándidas flores preludio de globitos de oro, los hermosos y jugosos frutos que las mujeres descuelgan entre alegres canciones.
Pero el más apesadumbrado era el diminuto naranjo de Jalia, que agitaba sus ramas a la vera del camino.
Aquel día, mientras la niña se movía entre los arbolitos con su baldecito y una taza, regando las plantas para que se reanimaran y floreciesen, oyó el ruido de la caída de un caballo.
Miró y vio a un caballero cubierto de polvo, con aspecto cansado, que atendía al animal caído.
-¿Quieres beber?- le preguntó la muchacha, ofreciéndole agua fresca en su taza. El joven bebió, dio también de beber a su sedienta cabalgadura y dijo:
-¡Dime tu nombre, gentil doncella!
-Me llamo Jalia- respondió la muchacha.
-¡Oh, Jalia…, ruega por mi después de que me haya alejado!
-Tu voz es triste como tu rostro, caballero. ¿Quién eres y qué dolor te aflige?
-Soy Amadeo y voy a morir, Jalia.
Y contó que el tirano de la ciudad había condenado a muerte a su amigo inocente, el cual sería perdonado sólo si alguien se ofrecía para morir en su lugar antes de la puesta del sol.
-Es mi amigo desde la infancia- continuó-. Hemos tenido los mismos juegos, los mismos maestros. Pero yo estoy solo, y él, por el contrario, tiene esposa e hijos pequeños. He decidido morir en su lugar…
-¡Noble héroe…!, tu acción es maravillosa, pero me apena tu juventud…
-Llevaré conmigo el recuerdo de tu compasión, Jalia…, más hora deja ya que me apresure…- y espoleando su caballo, partió.
Jalia, confusa y entristecida,
Quedó junto con su naranjito. Oyó el galope del caballo que se alejaba… y cada tronco y cada rama le parecieron del color de la muerte.
Fascinada por el sol que seguía imperturbable su curso, quedó observándolo mientras se perdía en el horizonte, y asustada, pensó que su desaparición señalaría el fin del más puro de los caballeros…
Y entonces rogó:
-¡Oh Señor de los cielos, la juventud de Amadeo, que va a morir inocentemente, luce como el sol. Pero tú que eres la verdad y la justicia ilumina al tirano para que él comprenda lo que es justo!
Mientras así rogaba, tendida sobre la tierra, por los terrones resquebrajados se filtraban sus lágrimas que llegaron hasta las raíces moribundas de las plantas.
Jalia no pudo dormir, y vagó toda la noche entre los árboles viendo salir y ocultarse la luna…
Pero al despuntar el alba, en un estallido de luz, ante los ojos de la muchacha apareció un espectáculo maravilloso: Todos los árboles lucían en los extremos de sus ramas, flores de sublime aroma.
Entretanto, por el camino que bordeaba el mar se escucha el galope de un caballo que se acercaba. No tardó en detenerse, y de él desmontó un caballero de rostro radiante, que llamó:
-¡Jalia!
-¡Amadeo!... ¿No es un sueño lo que estoy viendo?
-¡Son acaso un sueño estas puras flores que perfuman la mañana?- dijo el caballero.
-¡Oh, Amadeo!- exclamó la muchacha-. He llorado mucho por ti.
-Y tus lágrimas se han convertido en flores pregoneras de alegría. Debes saber que el tirano acogió el ofrecimiento de mi vida como prueba de la inocencia de mi amigo, y nos dejó libres a los dos.
“¡Y ahora, escucha, Jalia! ¿Quieres tú, que fuiste mi compañera en el dolor, compartir conmigo la vida en la alegría?
-¡Oh, sí, lo deseo, mi generoso caballero!
-Permíteme entonces que yo arranque estas ramas florecidas del naranjo y con ellas te corone como prometida mía!
Y más pura que las mismas flores lució la niña que Amadeo subió a su caballo y llevó a la casa de su madre.
Y así subió Jalia al altar, llevando sujetas a su velo las flores que Amadeo le había ofrendado.
Todas las muchachas siguieron la leyenda, adornándose en el día de su boda con esa flor, cándido símbolo de pureza y felicidad: El Azahar.