jueves, 9 de febrero de 2012

Leyendas...

EL ATAJACAMINOS (Leyenda catamarqueña)

Hace mucho tiempo, en los valles catamarqueños de Ancasti hubo una cruenta batalla entre aborígenes y españoles: Estos, más numerosos y provistos de mortíferas armas, dispersaron rápidamente a los aborígenes y los obligaron a retroceder hacia la profundad de los desfiladeros.
Solo un indígena, llamado Yanarca, quedó en la desembocadura del cañón para asegurarse de que sus compañeros fueran perseguidos.
Yanarca era astuto y ambicioso: Mientras vigilaba los movimientos del campamento enemigo pensaba en las armas de fuego, los trajes brillantes y las chucherías que los extranjeros a menudo les ofrecían.
¡Él quería tener muchas de esas cosas! Y mientras la tarde entraba en Tuta-Tuta (vocablo quechua, cuyo significado es oscuro-oscuro, referido a las últimas horas del crepúsculo) el nativo tejía fantásticas esperanzas de poderío.
¿Qué podría hacer para obtener las armas mágicas? No tuvo que esperar la respuesta: Emboscados, dos españoles aparecieron desde atrás y lo apresaron. “¡Quieto, Yanarca! Venimos a conversar contigo”. Y entre el indígena y el enemigo se firmó un pacto de traición.
Engolosinando por las promesas, Yanarca accedió a llevar a los españoles hacia el lugar donde sus amigos se escondían.
La noche recibió los ayes de dolor y de desesperación de la tribu vencida, y Yanarca, sintiéndose ahora despreciable, hundió la cabeza, enloquecido por sus culpas, en la tierra que no había sabido defender.
Desde entonces, convertido en atajacaminos, el aborigen desleal procura avisar al jinete sobre algún peligro inminente: Aparece de pronto entre las patas del caballo, hace un poco de alboroto y luego, deslizándose velozmente a ras de la tierra, levanta un corto vuelo y planea más adelante, para repetir la misma acción con el cabello que lo va alcanzando.