jueves, 21 de junio de 2012

Concepción... todas las ramas del árbol morían en ella...


FUEGOS DE LA ETERNIDAD

La cosa le revolvía el estómago. Es que a la Concepcion se le habia manchado toda la pollera, traia las piernas chispeadas y no habia como alertarla. Los changos son una luz, pensó. Así anduvo toda la mañana. La tiza no era dueña de escribir nada temblaba sin remedio.
Desde el momento que quiso saber quién era, quién, se le quemaron los papeles y el Evangelio se le cayó al barro, sin más ni más.
Todas las ramas del árbol morían en aquella cosa absurda, en aquel caos, donde ni la tragedia de Sodoma y Gomorra, partían estatuas de sal. De noche, las sombras cruzann la puerta, gestando inconcebibles ramas; el gozo alumbraba los vientres de todas: Hijas, Madres, Tías, Nietas, obnubilando el alma.
Pero la Concepcion no. Le parecia tan chica que no soportaba pensar en auqel señuelo de la mancha roja. La más linda de todas, le gustaban las estampas, las figuritas y contaba hasta veinte. No era suficiente para alumbrar nada.
Ella misma resultaba hija en una hija y su hermana hija del abuelo.
La cosa le revolvía el estómago. La Concepción dejó de contar hasta veinte. Venia, se sentaba en el piso hamacábase tapando sus piernas, llenaba de hoyos la tierra. Nadie la tocaba. Estaba nomás. Los demás igual que siempre. Ignorándola.
¿Qué no me día cuenta? Cuando el abrazo del viejo eclipsó la puerta con su furiosa oscuridad esa mañana, preguntando por ella, lo adiviné con la velocidad de un tiro. Ese alarido de terror ardió el fuego de la rabia.
La Concepción era su brasa.
Una chusca de mujeres esperaban bajo el árbol. La que parecía madre desfigurada por la panza, la que era tía encinta como de ocho meses, con las muecas propias de los dolores de parto.
La vi subir al caballo, palida brutal, las mujeres, detrás como carceleras. Todas leñas del mismo fuego, de la nada a la nada.
Quise hablarles de Dios, de la inocencia, del derecho, del verdadero amor; más ellas “nunca vieron una vaca volar, es decir ni una vaca”.
Una isla la memoria. Sin almanaques, sin brujula. Al fin y al cabo en el campo las sendas se cruzan hasta el cansancio y solo ellas saben que algunas no conducen a ninguna parte.
Y la Concepción jamás volvió a contar hasta veinte. La escuela le comenzó a quedar lejos, arrojaba todas las mañanas, total que se le hincharan los pechos, la panza se le ponia dura y habia que tirarla al hospital, en la villa. Ella lo más lejos que habia llegado era al rio de Los Penitentes.
En la puerta de la sala vino la verganza a dar su precio de cristales rotos. Traia en la frente la marca: Un rabo de cerdo escapandose en la maraña de instrumentos. La ciencia atonita. Fuegos preñados de la miserable aridez. El cielo estaba ausente.
Por lo demás la Concepcion ya no vuelve. Siguen naciendo niños, encendiendo esa hoguera humana, ancha como un rio, donde se quema la mano cruel. Vastagos a la eternidad no pasan.
BATTAGLIA, Luis Hugo