domingo, 5 de agosto de 2012

Soñar o creer que todo se puede...


Natalia Tello, profesora en Letras - De Andalgalá...

FELICIDAD CLANDESTINA

Pensar insistentemente en algo es soñar o creer que todo se puede, que todo es posible cuando de verdad se lo desea.
Soñar con que algún día tendría aquel zapato, lujoso, moderno y codiciado, con un excelente taco, que entre otras cosas me ayudaría, según la psicología de Freud a sentirme “autorrealizada”, porque calzar aquel zapato, porque calzar aquel zapato me ascendería a otro nivel (además de que este me ayudaría a medir unos centímetro más de altura), me permitiría convertirme o tal vez disfrazarme o soñar en ser mujer, señorita o lo más importante, alejarme de la niña que en realidad era.
La felicidad clandestina se manifestó cuando, a escondidas de mi madre, compré los zapatos. Lo conseguí trabajando, haciendo mandados a vecinos mayores con la excusa “necesito comprar un libro para la escuela”, “por eso trabajo, lavo y plancho ropa”, estrategia perfecta que conmovía el corazón de mis vecinos y me permitiría lograr mis objetivos: Adquirir aquel artefacto de belleza y modernidad, pues yo no quería ser distinta al resto. Quería ser una más de las señoritas que usan tacos para vestir más elegante.
Lo curioso de la historia es que trabajé mucho, ahorré tanto como nunca volvería a hacerlo. Cercano a lograr mi objetivo, mi madre descubrió mi Maquiavelo plan y, como buena madre, reclamó e intentó castigar mi conducta, pero yo, por primera vez, cuestioné su actitud y aseguré que hice todo lo antes narrado para no sentirme distinta a las otras. Porque yo quería tener un zapato de adolescente y usar esas ridículas zapatillas de niña por la simple razón de que ya no era una. Aquel argumento impactó en mi madre, que, enmudecida, no dijo nada y se retiró de mi habitación.
Pasaron algunas noches y días sin hablarnos, pues debía “hacer respetar mi decisión”, aunque ello implicara un dolor profundo por estar distanciada de mi madre. Pero, cerca de mi cumpleaños número quince, ella se acercó con una enorme caja que contenía los tan deseados zapatos, con una gran tarjeta que atesoraba una frase: “Felicidades, inicia una nueva etapa de tu vida, ya dejas de ser niña para convertirte en mujer”. Aún hoy, luego de tantos años, guardo los zapatos como símbolo y umbral que me transformó de niña a mujer.