domingo, 2 de septiembre de 2012

2 de Septiembre: Nace Esteban Echeverría...


Esteban Echeverría

El 2 de Septiembre de 1805, nace en Buenos Aires el escritor José Esteban Antonio Echeverría, autor de "Rimas", "La cautiva" y "El matadero". Trajo al país el romanticismo literario e inició, con "El matadero", el cuento realista. Integró la Asociación de Mayo y fue el principal redactor del "Dogma socialista". Murió en Montevideo (República Oriental del Uruguay) el 19 de enero de 1851. 


EL DESIERTO
(Primer canto de La Cautiva)

Ils vont. L'espace est grand. 
Hugo [Ellos van. El espacio es grande] 

Era la tarde, y la hora 
en que el sol la cresta dora 
de los Andes. El Desierto 
inconmensurable, abierto, 
y misterioso a sus pies 
se extiende; triste el semblante, 
solitario y taciturno 
como el mar, cuando un instante 
el crepúsculo nocturno, 
pone rienda a su altivez. 
Gira en vano, reconcentra 
su inmensidad, y no encuentra 
la vista, en su vivo anhelo, 
do fijar su fugaz vuelo, 
como el pájaro en el mar. 
Doquier campos y heredades 
del ave y bruto guaridas, 
doquier cielo y soledades 
de Dios sólo conocidas, que El sólo puede sondar. 
A veces la tribu errante 
sobre el potro rozagante, 
cuyas crines altaneras 
flotan al viento ligeras, 
lo cruza cual torbellino, 
y pasa; o su toldería 1 
sobre la grama frondosa 
asienta, esperando el día 
duerme, tranquila reposa, 
sigue veloz su camino. 
¡Cuántas, cuántas maravillas, 
sublimes y a par sencillas, 
sembró la fecunda mano 
de Dios allí! ¡Cuánto arcano 
que no es dado al mundo ver! 
La humilde yerba, el insecto, 
la aura aromática y pura; 
el silencio, el triste aspecto 
de la grandiosa llanura, 
el pálido anochecer. Las armonías del viento 
dicen más al pensamiento 
que todo cuanto a porfía 
la vana filosofía 
pretende altiva enseñar. 
¡Qué pincel podrá pintarlas 
sin deslucir su belleza! 
¡Qué lengua humana alabarlas! 
Sólo el genio su grandeza 
puede sentir y admirar. 
Ya el sol su nítida frente 
reclinaba en occidente, 
derramando por la esfera 
de su rubia cabellera 
el desmayado fulgor. 
Sereno y diáfano el cielo, 
sobre la gala verdosa 
de la llanura, azul velo 
esparcía, misteriosa 
sombra dando a su color. 
El aura moviendo apenas sus alas de aroma llenas, 
entre la yerba bullía 
del campo que parecía 
como un piélago ondear. 
Y la tierra, contemplando 
del astro rey la partida, 
callaba, manifestando, 
como en una despedida, 
en su semblante pesar. 
Sólo a ratos, altanero 
relinchaba un bruto fiero, 
aquí o allá, en la campaña; 
bramaba un toro de saña, 
rugía un tigre feroz; 
o las nubes contemplando, 
como extático y gozoso, 
el yajá 2, de cuando en cuando, 
turbaba el mudo reposo 
con su fatídica voz. 
Se puso el sol; parecía 
que el vasto horizonte ardía: la silenciosa llanura 
fue quedando más obscura, 
más pardo el cielo, y en él, 
con luz trémula brillaba 
una que otra estrella, y luego 
a los ojos se ocultaba, 
como vacilante fuego 
en soberbio chapitel. 
El crepúsculo, entretanto, 
con su claroscuro manto, 
veló la tierra; una faja, 
negra como una mortaja, 
el occidente cubrió; 
mientras la noche bajando 
lenta venía, la calma 
que contempla suspirando, 
inquieta a veces el alma, 
con el silencio reinó. 
Entonces, como el rüido, 
que suele hacer el tronido 
cuando retumba lejano, 
se oyó en el tranquilo llano sordo y confuso clamor; 
se perdió... y luego violento, 
como baladro espantoso 
de turba inmensa, en el viento 
se dilató sonoroso, 
dando a los brutos pavor. 
Bajo la planta sonante 
del ágil potro arrogante 
el duro suelo temblaba, 
y envuelto en polvo cruzaba 
como animado tropel, 
velozmente cabalgando; 
víanse lanzas agudas, 
cabezas, crines ondeando, 
y como formas desnudas 
de aspecto extraño y crüel. 
¿Quién es? ¿Qué insensata turba 
con su alarido perturba, 
las calladas soledades 
de Dios, do las tempestades 
sólo se oyen resonar? ¿Qué humana planta orgullosa 
se atreve a hollar el desierto 
cuando todo en él reposa? 
¿Quién viene seguro puerto 
en sus yermos a buscar? 
¡Oíd! Ya se acerca el bando 
de salvajes, atronando 
todo el campo convecino. 
¡Mirad! Como torbellino 
hiende el espacio veloz. 
El fiero ímpetu no enfrena 
del bruto que arroja espuma; 
vaga al viento su melena, 
y con ligereza suma 
pasa en ademán atroz. 
¿Dónde va? ¿De dónde viene? 
¿De qué su gozo proviene? 
¿Por qué grita, corre, vuela, 
clavando al bruto la espuela, 
sin mirar alrededor? 
¡Ved que las puntas ufanas 
de sus lanzas, por despojos, llevan cabezas humanas, 
cuyos inflamados ojos 
respiran aún furor! 
Así el bárbaro hace ultraje 
al indomable coraje 
que abatió su alevosía; 
y su rencor todavía 
mira, con torpe placer, 
las cabezas que cortaron 
sus inhumanos cuchillos, 
exclamando: -"Ya pagaron 
del cristiano los caudillos 
el feudo a nuestro poder. 
Ya los ranchos 3 do vivieron 
presa de las llamas fueron, 
y muerde el polvo abatida 
su pujanza tan erguida. 
¿Dónde sus bravos están? 
Vengan hoy del vituperio, 
sus mujeres, sus infantes, 
que gimen en cautiverio, a libertar, y como antes 
nuestras lanzas probarán". 
Tal decía; y, bajo el callo 
del indómito caballo, 
crujiendo el suelo temblaba; 
hueco y sordo retumbaba 
su grito en la soledad. 
Mientras la noche, cubierto 
el rostro en manto nubloso, 
echó en el vasto desierto, 
su silencio pavoroso, 
su sombría majestad.