lunes, 14 de enero de 2013

Adicción a libro nuevo...


Adicción a libro nuevo

Era ese aroma. Había intentado reconocerse como un adicto a la literatura pero no le gustaba leer, o al menos no tanto. No obstante, ese aroma que provenía de las hojas y las tapas recién compradas le era tan inexplicable... Así que no encontraba una buena excusa para decirle a la chica que atendía que lo miraba raro cuando metía su nariz en los libros a la venta. Ni al chico de la caja. Al cual siempre que entraba le preguntaba: “¿Hay algo nuevo?” Y sin importarle la respuesta, otra pregunta más: “¿Y de qué editorial?” Sí, porque según la editorial, encontraba una esencia nueva, distinta. Cada empresa tenía un perfume diferente. Y además, uno que atrajera a cada tipo de lector.
De los infantiles, por ejemplo, se había comprado una biblioteca completa a pesar que no tenía hijos, ni sobrinos, ni vecinitos. Los libros con ese olorcito a infancia le recordaban diferentes cosas. Una tarde de fútbol, ajedrez con el abuelo. Ese que lo transportaba a cuando robaba manzanas de la vieja de la vuelta era su favorito. También estaban los de terror, con sus aromas obnubilantes, que te sustraían del mundo de alrededor para soltarte, hipnotizado, en el mundo que se estaba narrando. ¡Y ni hablar de los de aventura! Sentías el valor llenándote cuando inhalabas entre sus letras para saber si querías comprarlo. Eso sí, los que tenían rastros de princesas y los eternos románticos ni los tocaba. Había pasado días, semanas, con picazón en la nariz por aspirar uno de ésos. Pero de entre todos, sus favoritos eran los fantásticos. Esos tenían un no sé qué que le hacían sentir no sabía qué cosa. Y sí, nunca los leía. A ver si los inventos y fantasías que se relataban eran un bolazo. Mejor conformarse con el perfume que tanto le hacía sentir. Y así recorría la librería chiquitita de libros amontonados, con su nariz como guía y la chica que atendía, mirándolo como si fuese un bicho raro.

Situación de la chica que atendía
Uno piensa que los vendedores deben estar al servicio del cliente. Que ese clásico “el cliente siempre tiene la razón” debería ser aplicado por cada vendedor en cada negocio o servicio. Pero esta señorita salía de sus cabales cada vez que el señor “huele libros” aparecía por la entrada de la librería. Entonces no quería ni atenderlo. Al principio no le prestaba atención. El señor no era de esos que venían y te preguntaban: “Hola, tengo que comprarle un libro a mi suegra que está internada, ¿qué me recomendarías?” Él era de esos que buscaban por si solos, agilizando su trabajo de cinco horas por día. Hasta que, observándolo, lo notó estornudar dentro de los libros del sector romántico y uno que otro aventurero amoroso. Entonces no quería ni acercarse a los estantes después que el señor y su nariz de sabueso aparecían. Le había pedido -luego rogado- al chico de la caja (quien la había contratado) que le proporcionara guantes, barbijos y un desinfectante para realizar su trabajo. Pero el chico de la caja se negó. Los clientes reaccionarían de mala manera al ver a la chica que atendía con barbijo, guantes y encima tirando desinfectante por todos lados. Así que la chica quería renunciar. No podía trabajar en medio de los gérmenes, productos de la narizota de ese bicho raro.
El chico de la caja
El chico de la caja era exitoso. Había decidido poner su librería en frente del hospital de ese pueblucho de paso. Un éxito total. Que le compraban libros para pasar el tiempo en la sala de espera. Para disfrutar, reír o llorar, mientras hacían reposo en la sala común. De autoayuda de regalo, para esas personas a las que su pariente o amigo no le había ido bien en su paso por el hospital y había pasado a un mejor mundo. Etcéteras. Además, había conseguido una chica tan bonita y detallista que más libros se vendían. Y lo mejor de lo mejor, Archibaldo, el de la vuelta, que con su gran nariz y su adicción a los libros nuevos, casi todos los días se aparecía. Sí, él sabía que cada libro nuevo venía con un aroma diferente. Era exitoso. Había comprendido la estrategia de las editoriales y la había adaptado a su negocio y clandestinamente perfumaba la mercancía con los perfumes de libro nuevo que había conseguido, maquinando, con cada una de las editoriales. Entonces no podía aceptar que la chica que atendía, usara barbijo y guantes. Eso haría que los clientes del hospital recordaran a las mismísimas salas del sanatorio en la librería y no compraran nada. Su negocio era como el escape de donde estaban. ¡Y ni hablar del desinfectante! Su olor haría desaparecer los perfumes a libros nuevos que tanto había costado conseguir. Y consecuentemente, las compras de don Archibaldo de casi todos los días también desaparecerían.

Renuncia, abandono y bancarrota
Entonces la chica que atendía renunció. Su rechazo a los gérmenes la hizo llegar a su límite y no aguantó más. Y les contó a los del pueblito que le preguntaron que no podía trabajar entre tantos gérmenes por culpa del señor y su narizota. Y chisme va, chisme viene (más en pueblo chiquitito), la gente empezó a rechazar comprar en la librería. El chisme había concluido en que el chico de la caja era un sucio y no dejaba que la chica que atendía limpiara la librería porque su narizota no aceptaba el olor a limpio. Y así, el chico de la caja no consiguió que otra chica bonita y detallista atendiera. Y en consecuencia, la gente de paso que asistía al hospital no tenía a quién preguntarle sobre qué libros podía comprarle a la suegra que estaba internada y no se vendía nada. Y los del pueblito tampoco iban, excepto don huele libros, quien, aunque extrañado por la ausencia de la chica que atendía, concurría como siempre con su nariz como guía. Pero la plata que él aportaba oliendo libros no alcanzaba para mantener la librería chiquitita de libros amontonados. Entonces, el chico de la caja la cerró, y cuando Archibaldo fue a preguntarle por qué no abría más, éste le dijo que toda la culpa era suya y de su narizota, que había asustado a la chica que atendía y se había ido todo a la mismísima mierda, cerrándole la puerta en la cara.

Amor y nueva librería
Y bueno, pobre Archibaldo: ya no tenía libros nuevos para oler y encima toda la culpa de que la librería no abriera más. Pero decidió que aunque sea debía acercarse a la chica que había atendido para hablar con ella, y disculparse enormemente si le había hecho algo malo sin darse cuenta. Así que, con un ramo de flores de por medio y una notita de “disculpame, plis” ya que era un tanto modernista, decidió ir a su casa. Ella lo atendió, sorprendidísima, pero lo hizo pasar, halagada por el tremendo ramo de flores que el señor le había traído. Y bueno, hablando y hablando, la chica le confesó a Archibaldo que le tenía rechazo a su nariz estornudadera en medio de los libros. Y bueno, él, aunque quiso reconocerse como un adicto a la literatura, debió aceptar y confesar también que era un adicto al olor a libro nuevo, que tenía miles de libros en su casa que ni había leído, y que lamentaba enormemente que su nariz rechazara los libros con rastros de princesas y los eternos románticos hasta hacerle estornudar. Y bueno, que tristemente ya no podía seguir comprando libros nuevos y que se sentía muy mal. Riéndose (y muriéndose de ternura por dentro), la chica que lo había atendido le propuso a don “huelelibros” que abrieran la librería entre los dos, revelándole además, que el culpable de su adicción era el chico de la caja y su uso de perfumes clandestinos. Entonces, ella podría atender y tener un trabajo y además podrían vender todos esos libros que él había comprado por su adicción. Y bueno, él podría conseguir todos los perfumes que quisiera, contactándose con las editoriales y además hacer el pedido de libros.
Y así, libro va, estornudo viene, risa va, sonrisa viene, los dos abrieron la librería de nuevo, enamorados perdidamente uno del otro. Y los del pueblito volvieron a comprar porque el sucio chico de la caja ya no era el dueño y los que estaban de paso en el hospital también, porque ya tenían a quien preguntar sobre libros porque la chica que había atendido, atendía de nuevo. Y así, el exitoso chico de la caja, comprendió que no sólo debía ponerse del lado del cliente si no también de sus empleados. Y luego de pasar a saludar a Archibaldo y a la chica que atendía y a pedirles perdón por sus acciones, se fue pensando en encontrar algún otro pueblucho de paso con un hospital, para poner otra librería al frente, contratar otra chica bonita y detallista que atendiera y, rogando también, encontrar otro adicto al olor a libro nuevo que le comprara muchos libros.

Juan Gabriel Maidana